Un estudio científico japonés revela el mecanismo molecular detrás de una costumbre popular en Argentina y otras partes del mundo: agregar sal a la sandía para potenciar su sabor.
En muchos hogares argentinos, especialmente durante el verano, es común agregar un toque de sal a la sandía antes de comerla. Este gesto, que también se repite en otras culturas, tiene una explicación científica que va más allá de la tradición.
Una investigación de la Universidad de Okayama, en Japón, publicada en la revista eLife, identificó el mecanismo molecular detrás de este fenómeno. Según el estudio, los iones de cloruro presentes en la sal se unen a los receptores gustativos asociados al sabor dulce, activando una respuesta neuronal que produce una sensación de mayor dulzor.
Además, la sal inhibe la percepción del amargor natural de la fruta, permitiendo que su dulzura inherente pase a un primer plano. El efecto se complementa con un aumento de la salivación, lo que realza la sensación de jugosidad.
La costumbre no es exclusiva de Argentina. En el sur de Estados Unidos está documentada desde 1910, y en Japón también es una práctica tradicional. En la comunidad latina, la versión simple con sal a menudo evolucionó hacia condimentos más complejos como el Tajín o el chamoy, que amplifican el contraste de sabores.
La coincidencia en culturas tan distintas sugiere que la preferencia por el contraste dulce-salado podría tener raíces biológicas profundas. Para muchas familias, la validación científica llega como un reconocimiento a una práctica que, sin necesitar explicación, ahora la tiene.
