Luis Oscar Vasta viajó a Washington D.C. en 1979 para ejercer la medicina. Tras 35 días, regresó a la Argentina y destruyó su tarjeta de residencia permanente.
Luis Oscar Vasta, médico recién recibido de la Universidad de Buenos Aires, emigró a Estados Unidos en 1979 con el objetivo de ejercer su profesión. Su experiencia en Washington D.C. duró 35 días, al cabo de los cuales decidió regresar a la Argentina y romper la Green Card que había obtenido.
El viaje y la llegada
Vasta relató que en el verano de 1979 trabajó en una cafetería en Pinamar para costear el pasaje. Su pasaporte tenía una nota de la embajada que autorizaba solo 45 días de estadía. Al llegar al aeropuerto de Miami, una oficial de inmigración le selló el documento y le dijo: “Usted aquí puede quedarse el tiempo que quiera”. Desde allí se dirigió a Washington D.C., donde una amiga le había conseguido el contacto de un tío que tenía un restaurante en Virginia.
El dueño del restaurante lo recibió, le dio de comer y lo alojó por una noche. Al día siguiente lo llevó a una casa de huéspedes en Washington D.C. que costaba 100 dólares mensuales. “Esto es lo único que puedo hacer por vos”, le dijo antes de despedirse.
Primeras impresiones y dificultades
En la casa de huéspedes no había argentinos. Los dueños pusieron una banderita en miniatura de cada país de origen de los huéspedes. Al ver la de Argentina, Vasta se emocionó. “Esa fue mi primera emoción verdadera en los Estados Unidos: pena, un vacío interior inexplicable”, declaró.
Para movilizarse, intentaba parar el colectivo estirando la mano, pero los pasajeros lo miraban con extrañeza. Recorría la ciudad a pie con un mapa y un inglés básico. En uno de sus recorridos entró por error a un barrio afroamericano, donde recibió gritos amenazantes de un grupo de jóvenes. “Sentí el racismo en carne propia”, afirmó.
También vio una bandera argentina en un edificio y entró. Un empleado le advirtió en español: “Mirá, andate de acá y no vengas más; acá no vas a encontrar nada”. Vasta se dio cuenta de que era una dependencia de la Marina argentina. “Año 1979, plena dictadura, y yo paseándome ingenuamente por una repartición de la Marina en Washington”, recordó.
La oportunidad académica y la Green Card
En la Universidad de Washington lo recibió el doctor Ríos, un cardiólogo argentino que dirigía el departamento de clínica médica. Tras una llamada en inglés, Ríos le preguntó si había entendido algo. Vasta respondió que nada. El médico le dijo: “Andá a aprender el idioma y después vení a verme. Si hubieras entendido, ya te estaba mandando a Hawái a hacer el internado rotatorio obligatorio para la reválida”.
Días después, conoció a Julio, un argentino de Remedios de Escalada que trabajaba como chofer del embajador de México ante la OEA. Julio lo llevó a una dependencia pública, llenaron formularios y le consiguió la Green Card en tres semanas.
La revelación y el regreso
Vasta relató que una monja centroamericana le preguntó: “¿Usted qué hace aquí?”. Él le contó que quería vivir en Estados Unidos y trabajar como médico. La monja le respondió: “Usted no tiene ni idea de lo que es este país; no es lo que usted piensa. Usted viene de un país maravilloso como la Argentina. Vuélvase, esto no es para usted. Allá, por mal que estén las cosas, siempre va a estar mejor que aquí”. Vasta desestimó el consejo en ese momento, pero lo comprendió décadas después.
La congoja y el vacío lo llevaron a activar su pasaje de vuelta. Al salir de la agencia de viajes con el regreso confirmado, sintió alivio. Julio lo despidió en el aeropuerto y le prometió enviarle la Green Card a su domicilio en Argentina.
“Al pisar suelo argentino parecía que me había ido diez años, y solo habían transcurrido unos treinta y cinco días”, dijo Vasta. Al mes recibió la Green Card, que decía: “This number was made for Luis Vasta”. La guardó unas semanas y un día la rompió.
Segundo intento de emigración
A fines de 1982, ya casado y con tres años de trabajo como médico rural en Neuquén, intentó emigrar a España. Regresó sin revalidar su título porque el Ministerio de Sanidad español le exigía entregar su diploma de la UBA a cambio del español. “Al diploma de la UBA no lo soltaría jamás”, afirmó.
Reflexiones finales
Vasta sostuvo que un médico raso en Estados Unidos gana entre 150.000 y 200.000 dólares anuales, y con especialidad, entre 400.000 y 500.000 dólares al año. “Pero ¿a qué precio emocional?”, se preguntó. “Aunque muchas veces me cuestioné no haberme quedado, hoy entiendo que el costo emocional es alto”.
“Aprendí que los sueños se pueden cumplir siempre que uno lo decida, sin importar los resultados. Aprendí a salir de mi país para valorar a mi país”, concluyó.
Quienes deseen compartir su experiencia de regreso pueden escribir a [email protected].
