A un año de las elecciones de 2027, la discusión económica argentina se plantea entre estabilizar y transformar. En la Bolsa de Comercio de Córdoba, la economista jefa del Grupo Latin-Macro, Bárbara Guerezta, presentó un diagnóstico sobre el estancamiento coyuntural y estructural de la economía argentina.
A un año de las elecciones de 2027, la discusión económica argentina suele plantearse entre estabilizar y transformar. En la Bolsa de Comercio de Córdoba, Bárbara Guerezta, economista jefa del Grupo Latin-Macro, propuso mirar la película completa antes de la foto del momento. Su diagnóstico fue que la economía está parada desde diciembre, pero que ese estancamiento coyuntural se apoya en uno estructural, mucho más antiguo que el actual Gobierno.
Quince años sin crecer
Los números que mostró Guerezta son contundentes. “Desde el 2011 hasta el 2026, la economía creció apenas 6%, un 0,4% anual. Y eso es menos de lo que creció la población”, afirmó. Medido por habitante, el resultado es peor todavía: el PBI per cápita acumula una caída cercana al 9% en ese período.
Para la economista, la clave está en la productividad: “Argentina tiene que aprender a producir otra vez. Cuando hablamos de producir, hablamos de productividad”. Y precisó el dato: “Hoy un trabajador en Argentina produce 15% menos que en 2004”.
Cuando la productividad cae y los salarios no acompañan, sube el costo laboral unitario. Allí aparece el mecanismo que, según Guerezta, la economía argentina usó una y otra vez. “Devaluamos en 2002, 2018, 2020. Le pedimos al tipo de cambio que compense lo que la inversión, lo que la productividad, lo que los impuestos no están abordando en Argentina”. La consecuencia, explicó, es “una transferencia enorme de recursos” por la que el país “gana tiempo, entre comillas, empobreciendo los salarios”.
Un mercado laboral que no absorbe
El segundo pilar del argumento es el empleo. “Entre 2013 y 2023, es decir, antes de que asumiera Milei, la población económicamente activa subió en 2,5 millones de personas en Argentina. Y la economía formal fue capaz de generar solo medio millón de puestos de trabajo”, detalló. Cinco de cada seis personas que se sumaron a la oferta laboral quedaron fuera del empleo formal.
Según Guerezta, sectores que históricamente empleaban mucho, como la minería, la tecnología, el conocimiento, la industria textil, los bancos y las automotrices, “estaban atravesando desafíos profundos, incluso antes de que llegara esta nueva administración”. Bajar la inflación no creó esos problemas, pero los dejó a la vista: “Cuando uno baja la inflación, todos estos desafíos emergen, se hacen evidentes”.
De ahí su conclusión: “La Argentina no crece y no genera empleo desde por lo menos el 2013. Pero esto es estructural”. Que la economía no arranque en 2026 tiene explicaciones propias, pero se monta sobre un piso que estaba hundido.
La coyuntura: pesos que no llegan
Sobre esa base, Latin-Macro ofrece su explicación de por qué la economía no arranca hoy. Guerezta dijo que no mira la tasa de interés sino los flujos de pesos. Entre enero y julio, el Banco Central emitió pesos equivalentes al 6% de la base monetaria por mes al comprar dólares, pero el Tesoro, que decidió no salir al mercado internacional y necesita refinanciar su deuda localmente, absorbió un 5% en cada licitación. “El resultado fue que la base monetaria subió 1% promedio por mes, cuando la inflación era el doble”.
El problema es que los sectores que Argentina necesita para crecer en el largo plazo son procíclicos: dependen de la demanda. “Sin pesos no va a haber demanda, a estos sectores les cuesta crecer”, resumió. A eso se suma un crowding out: el Tesoro coloca deuda, los bancos son sus principales compradores, y esos pesos no llegan al sector privado. Por eso, según su lectura, los bancos no reactivaron el crédito este año como lo hicieron antes.
En agosto vio un cambio leve, con un Tesoro más neutral, y lo marcó como el indicador a seguir.
Un contexto externo que aprieta
A esa restricción interna se le suma el frente global. Guerezta señaló que la tasa a 10 años de los bonos del Tesoro de Estados Unidos pasó de 4% a 5,30%, sin que se sepa cuándo termina la suba. En ese contexto, los bonos argentinos suben más que los de otros países de la región. Su explicación es que “en un contexto internacional más complicado se desnudan las asignaturas pendientes que todavía tiene el Gobierno”: un programa financiero del año próximo que no está cerrado (calculó necesidades por unos US$ 5.500 millones) y la duda de qué tan atractivo será el país para los inversores cuando haya que renovar.
El informe semanal de Cohen Inversiones muestra la misma tensión. El Riesgo País llegó a 650 puntos básicos, por encima del nivel con que arrancó el año, después de haber perforado los 450 entre junio y julio con las mejoras de calificación de Fitch, S&P y Moody’s. El Gobierno sostiene que no necesita emitir afuera, pero con ese spread esa opción “luce hoy algo más alejada que en julio”. Al mismo tiempo, el ICG de confianza en el Gobierno cayó a 38,8% en septiembre, su piso en la gestión de Milei, tras cinco bajas consecutivas entre enero y mayo.
Hay también datos positivos. En el segundo trimestre la cuenta corriente tuvo un superávit de US$ 2.214 millones, US$ 4.666 millones mejor que un año antes, impulsada por un saldo comercial de bienes de US$ 9.293 millones. Pero el ingreso primario, es decir los pagos de renta al exterior, absorbió cerca de dos tercios de ese superávit.
Qué ve la industria cordobesa
Esa discusión macro tiene su correlato en las fábricas. Un empresario industrial cordobés, fabricante de piletas de fibra de vidrio para la clase media, describió el contexto en que debe decidir si invierte o no. “La reconversión significa inversión y si voy a ver, pedidos en este contexto tampoco tengo. Y después hay un período de reconversión hasta que vos ganás el mercado. Entonces, tan fácil no termina siendo esto. ¿Quién banca esa reconversión?”, se preguntó.
El empresario rechaza el discurso que responsabiliza a los industriales: “Si hay una caída de 40, 45, 50% en algunos rubros, no quiere decir que el empresario sea tan poco inteligente como para haber montado una empresa del doble de lo que necesita”. Su caso es el de la clase media: “En San Juan tengo 50% caído el mercado de piletas, y en Neuquén 30% caído. Y son dos mercados que son los que deberían volar por el derrame de la minería y Vaca Muerta. Y no traccionan ni en esas provincias”.
Su lectura sobre las importaciones coincide con la presión sobre la competitividad que describió Guerezta: sostiene que traer producto procesado desde Brasil resulta alrededor de un 40% más barato, y que además ingresa sin aranceles.
La logística, dice, es un termómetro. En la zona de Malagueño, un transportista que lleva arena “vendió 15 camiones para subsistir, de enero a hoy”, el 20% de su flota, y sigue trabajando. “Hoy hay camioneros que duermen tres, cuatro, cinco días en Buenos Aires para volver a Córdoba con una carga, porque no hay cargas de Buenos Aires a Córdoba”, relató. Y agregó: “Hace muchos años que no escuchaba esto”.
Su observación sobre el empleo muestra la otra cara: la rotación de personal es casi nula. “Lo hablé con un montón de empresarios y nadie tiene rotación de gente”. Es coherente con el diagnóstico de Guerezta sobre un mercado laboral que no genera alternativas: quien tiene trabajo lo conserva.
Sobre el ánimo inversor, apunta que es “dispar”: “Los que más espalda tienen están tratando de generar un diferencial para salir más fortalecidos, y otros se están replanteando seguir o no seguir”. También considera que la política cuenta: “Hay un montón de empresarios que dicen: ‘voy a esperar, voy a aguantar, quizás todo un año’”. El horizonte electoral de 2027 funciona como una pausa.
2027, el año clave
Guerezta considera que el próximo año será “bisagra” y que todo depende de la confianza. Su advertencia sobre la inflación es que no se resuelve “vaciando la plaza de pesos”. Lo que la baja, dijo, es la estabilidad cambiaria, ya que “el 40% de lo que consume un argentino promedio depende de manera directa del tipo de cambio”. Cree posible que en el próximo trimestre la inflación baje un escalón.
El año que viene dependerá, en cambio, de si el Banco Central usa su “poder de fuego” cuando el público tema desprenderse de sus dólares. Los escenarios que planteó son muy distintos: “La inflación, el año que viene, puede ser 20 o puede ser 40, o cualquier cosa. Y el tipo de cambio puede terminar en 1.800 o en cualquier otro lado”. Y cerró: “Argentina tiene los fundamentos para tener un tipo de cambio estable, una inflación bajando y una economía que puede crecer. Pero el año que viene depende más de la confianza que de nuestras perspectivas de mediano plazo”.
