Frases dichas en confianza pueden convertirse en creencias limitantes que afectan decisiones laborales y personales, según la coach Consuelo Summers.
“Para ganar eso, prefiero que te quedes en casa y hagas el pool de los chicos.” “¿Cuánta plata perdiste hoy?” “¿Quién te va a tomar si estudiaste una carrera que no sirve para nada?”
Tres frases, tres vínculos de máxima confianza: una pareja, un marido a su mujer, una madrina a su ahijado. Ninguna fue dicha con intención de dañar. Sin embargo, en cientos de sesiones de executive coaching, se escucha el eco de frases como estas convertidas, años después, en la voz interna de quien las recibió.
El lugar donde más duele. No son insultos. Son comentarios al pasar, dichos en piloto automático, sin verdadera maldad. Vienen de las personas en las que más se confía, en los momentos de mayor vulnerabilidad. El ejecutivo que busca reinsertarse laboralmente, la emprendedora que atraviesa una recesión, el joven de 30 años que lleva meses buscando trabajo.
En el ámbito laboral se tolera cierta dureza. Pero cuando el golpe llega desde la cama, en la mesa familiar o en una llamada con un amigo, no se tienen las defensas altas. Se baja la guardia porque se supone que ahí se está a salvo. Por eso, cuando la frase llega, entra directo, sin filtro.
De la conversación externa al diálogo interno. Ninguna persona toma una decisión importante —aceptar un desafío, poner un negocio, dar un examen, encarar una negociación— basada solo en los hechos. La toma basada en la historia que se cuenta a sí misma sobre lo que es capaz de lograr. Esa historia se construye, en gran parte, con material prestado, como las frases que escuchó una y otra vez en los entornos donde vive.
Cuando el mensaje repetido es “no vas a poder”, “no servís para esto”, “estás perdiendo”, ese mensaje deja de ser un comentario ajeno y pasa a integrarse como creencia propia. Empieza a operar como una profecía autocumplida. Uno se prepara menos para la entrevista, negocia con menos firmeza, se guarda la idea que podría haber compartido en la reunión. No porque el mercado lo determine, sino porque el diálogo interno ya decidió el resultado antes de empezar.
Los resultados que se obtienen —laborales, sociales, personales— son, en gran medida, el reflejo de las acciones que uno se anima a tomar. Esas acciones dependen directamente del nivel de confianza con el que se encaran. Ahí es donde el impacto de una conversación cotidiana deja de ser anecdótico y pasa a ser estructural.
La responsabilidad es de uno. Esas frases son injustas, y muchas veces revelan más sobre quien las dice, evidenciando su propio miedo o frustración, que sobre quien las recibe. Pero esperar que el otro cambie su forma de hablar es delegar en un tercero algo que nos pertenece.
Trabajar la confianza en uno mismo es una responsabilidad individual, intransferible. No consiste en lograr que nadie diga algo que lastime, dado que eso no está bajo control. Consiste en escuchar esa frase, reconocerla como una opinión y no como una verdad, y decidir qué parte se lleva puesta y cuál se deja en la puerta. No es ingenuidad ni negación del dolor. Es estrategia y un acto de madurez.
Tres movimientos posibles. Primero, identificar la fuente: ¿la frase describe una limitación real o el miedo de quien la dijo, proyectado hacia afuera? Segundo, elegir la compañía; rodearse, cuando se puede, de conversaciones que sumen. Tercero y más importante, entrenar la voz interna teniendo presente que la confianza no es ausencia de comentarios destructivos alrededor, sino la fortaleza de un diálogo interno que se sostiene aun cuando el entorno no colabora. Nadie puede elegir todo lo que le dicen. Pero todos pueden elegir en qué se convierten con eso.
Un efecto que se multiplica en los negocios y los equipos. Este mecanismo no queda en lo individual. Se traslada, multiplicado, a los negocios y los equipos de trabajo. En las organizaciones tiene una vuelta de tuerca adicional. Muchas de estas frases se dicen delante de terceros, o directamente sobre alguien que no está presente para defenderse.
“Esto ya lo intentamos antes, no va a funcionar”, frente a una idea nueva. “No tiene madera para ser líder”, en un comité de talento donde la persona ni se entera de que se está hablando de ella o él. “Cada vez que vos pensás, a la compañía le cuesta dinero”, de un líder a un subalterno en plena reunión de equipo. Ninguna aparece en una evaluación de desempeño formal. Todas, sin embargo, construyen la reputación silenciosa con la que alguien carga durante años. O, en el caso de la última, un mensaje explícito para dejar de pensar y simplemente ejecutar, sin poder cuestionarla ni corregirla.
Un líder cuya confianza fue erosionada, conversación tras conversación, tiende a decidir con miedo, a postergar apuestas necesarias, a no defender su posición frente al directorio o al cliente. Esa inseguridad se contagia hacia abajo. Los equipos leen, mejor que ninguna otra señal, el nivel de convicción de quien los conduce. Si el líder duda de sí mismo, el equipo también aprende a dudar antes de proponer, de discrepar, de asumir un riesgo calculado.
Los equipos con baja confianza colectiva toman menos riesgos, innovan menos y comunican peor los problemas cuando aparecen. Anticipan la frase “¿en qué estabas pensando?” antes incluso de que sea pronunciada. En cambio, un equipo que opera con confianza genuina se permite el error como parte del proceso, no como una sentencia. Comunica antes, corrige a tiempo, y sostiene mejor los momentos de crisis, precisamente porque nadie está gastando energía en cuidarse de la próxima frase lapidaria.
Aquí la responsabilidad se duplica. Como profesional, sostener la propia narrativa frente a comentarios que buscan —aunque sea sin intención— reducirnos. Y como líder, tomar conciencia de que cada comentario “de gestión” normalizado puede estar sembrando, en el equipo, la misma inseguridad que alguna vez sembraron en uno. Un líder que trabajó su propio diálogo interno transmite seguridad sin necesidad de imponerla; habilita a su equipo a opinar, a equivocarse y a corregir el rumbo sin miedo. Ahí la confianza deja de ser un asunto personal y se convierte en un activo de negocio, tan real como el capital o la estrategia.
(*) Coach, Mentora & Facilitadora, Socia Fundadora de Your True Potential®; experta en Desarrollo de Talento y Marca Personal.
por Consuelo Summers
