Una carta de 1921 revela el momento en que Ricardo Güiraldes, autor de «Don Segundo Sombra», conoció al escritor salteño Juan Carlos Dávalos, en un fortuito cruce en un camino polvoriento que dio inicio a una profunda amistad.
La correspondencia histórica permite reconstruir episodios significativos de la vida cultural argentina. En el verano de 1931, Victoria Ocampo publicó el primer número de la revista Sur e incluyó cartas inéditas de Ricardo Güiraldes, fallecido en 1927. Entre ellas, se encontraba una escrita desde Salta el 22 de julio de 1921, dirigida a su madre, Dolores Goñi.
En la misiva, Güiraldes relataba su viaje por el norte argentino con su esposa, Adelina del Carril. Tras llegar a Salta, decidieron recorrer el camino a San Lorenzo, aunque con cierta decepción porque sabían que el escritor Juan Carlos Dávalos, a quien no conocían, vivía allí pero se encontraba en la ciudad debido a una enfermedad de su esposa.
Güiraldes describió el paisaje con detalle literario: «amarillento y las llanuras y lomas del valle cantan en claro dentro del límite azul brumoso de los cerros que los circundan». En el trayecto, observó a la gente de campo y, de pronto, su intuición lo alertó. «Tal vez un simple aviso del instinto, nos hace reconocer en un jinete a Juan Carlos Dávalos», escribió. Su conductor confirmó la identidad del hombre, a quien acababan de pasar dejándolo en una polvareda.
Güiraldes bajó del auto y se acercó para disculparse por la falta de cartas de presentación, presentándose simplemente como colega. Dávalos, impasible bajo su gran chambergo, le extendió la mano y respondió: «Usted es un gran gaucho». Así, según el relato, «nuestra amistad queda pactada».
Mesas después, desde su estancia «La Porteña» en San Antonio de Areco, Güiraldes escribió al escritor francés Valery Larbaud elogiando su estadía en Salta y la imponente estancia de Dávalos. Lo invitó a realizar un viaje por la región y mencionó que había traído recuerdos de su viaje, como un quillango de vicuña y espuelas de plata. También destacó la figura de un gaucho de la estancia, Cruz Guíes, a quien luego inmortalizó en un cuento, llevando así un pedazo de la Salta profunda hasta París.
