El psicólogo Mario C. Salvador, con 40 años de experiencia en psicoterapia, analiza cómo la sociedad actual normaliza la tensión constante, las diferencias generacionales frente a la frustración y el papel de las pantallas en la desconexión emocional. Es coautor del libro ‘Reflexiones para una psicoterapia esencial’.
“Nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso crean hábitos. Igual que dejamos de notar el reloj que llevamos en la muñeca, podemos acostumbrarnos a determinados estados internos”, explica el psicólogo Mario C. Salvador. Una llamada inesperada, un portazo o un cambio de planes pueden provocar un sobresalto, pero el problema aparece cuando esa reacción deja de ser puntual y vivimos en un estado de alerta constante. En una sociedad orientada a la productividad, los resultados y la rapidez, podemos acostumbrarnos tanto a vivir en tensión que acabamos normalizándola, sin ser conscientes de hasta qué punto nos cuesta recuperar la calma.
Especialista en psicología clínica y con 40 años de experiencia en psicoterapia, Salvador es coautor, junto con Olga Prieto, de Reflexiones para una psicoterapia esencial, con ilustraciones de Belén Rincón. El libro invita a comprender a las personas más allá de sus síntomas y a explorar el papel de su historia, el cuerpo y la relación terapéutica. En esta entrevista, el psicólogo reflexiona sobre cómo podemos acostumbrarnos a vivir en tensión, las diferencias generacionales a la hora de afrontar la frustración y los límites de responsabilizar únicamente al individuo de su bienestar cuando sus condiciones de vida apenas le dejan espacio para descansar.
Después de 40 años de experiencia, ¿qué ha cambiado en la manera en que las personas afrontan su sufrimiento emocional?
Creo que la pandemia marcó un punto de inflexión. Vivimos en una cultura de la distracción, en la que utilizamos el trabajo, las series, la televisión o las compras para desconectarnos de nosotros mismos. Durante el confinamiento, muchos de esos mecanismos desaparecieron y empezó a aflorar aquello de lo que quizá estábamos escapando. También tuvimos que afrontar las dificultades de convivir durante muchas horas en espacios reducidos. Todo ello hizo que muchas personas tomaran conciencia de su malestar.
¿Ese cambio ha hecho que ahora nos resulte más fácil reconocer que necesitamos ayuda psicológica?
Mi impresión es que existe una mayor apertura a pedir ayuda. La pandemia incrementó las demandas de atención psicológica y afectó especialmente a colectivos como los adolescentes, privados de una conexión social fundamental para su desarrollo. Ahora las personas llegan a consulta con mayor conciencia de su sufrimiento, aunque eso no significa que les resulte más fácil bajar sus defensas. Seguimos arrastrando la idea de que debemos ser independientes y capaces de resolverlo todo solos.
Cuando vivir en tensión se convierte en costumbre
¿Cuándo el hecho de sobresaltarnos deja de ser una reacción puntual y se convierte en una señal de que vivimos en alerta?
Hemos normalizado muchas cosas que quizá no se corresponden con lo que nuestro sistema nervioso necesita. Desde pequeños nos educan para obtener resultados, responder deprisa y estar siempre en acción. Quienes han crecido en ambientes muy exigentes pueden interiorizar ese funcionamiento hasta el punto de que una llamada inesperada sea la gota que colma el vaso. Una reacción de alarma puntual forma parte de la vida. El problema aparece cuando las exigencias son constantes y no disponemos de tiempo suficiente para recuperarnos.
¿Podemos acostumbrarnos tanto a vivir en tensión que acabemos pensando que somos así?
Sí. Nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso crean hábitos. Igual que dejamos de notar el reloj que llevamos en la muñeca, podemos acostumbrarnos a determinados estados internos. Nuestro sistema nervioso aprende a predecir aquello que conoce y que ocurre con frecuencia. Cuando existe un trauma, ese funcionamiento predictivo puede mantenernos en un estado de alerta permanente, como si siempre tuviéramos que ir con cuidado.
¿Qué señales cotidianas pueden advertirnos de que estamos soportando más tensión de la que podemos gestionar?
Una de las principales señales es la reactividad: responder de manera desmedida, excesiva o demasiado rápida ante situaciones cotidianas. También debemos prestar atención a las emociones que nos desbordan y cuya intensidad no parece corresponderse con lo que está ocurriendo. A veces, una situación aparentemente insignificante puede estar conectando con un daño o un dolor anterior que todavía no hemos resuelto.
La dificultad de reconocer qué necesitamos
¿Por qué considera que las generaciones más jóvenes tienen mayores dificultades para tolerar la frustración?
Creo que las generaciones de más edad hemos sido educadas en una cultura de la gratificación diferida, en la que los resultados se entendían como una consecuencia del esfuerzo. Las generaciones más jóvenes, en cambio, han recibido una educación más vinculada a la gratificación inmediata. Hay algo fundamental que deberíamos recuperar: permitir que las necesidades surjan del propio individuo. Si nos anticipamos constantemente a satisfacerlas, impedimos que se desarrolle ese proceso interno y podemos acabar perdiendo la capacidad de reconocer qué necesitamos realmente.
¿Qué papel desempeñan las pantallas en esa desconexión de nuestras propias necesidades y emociones?
Nuestro sistema nervioso se ha desarrollado durante miles de años y, en apenas unas décadas, le estamos pidiendo que se adapte a condiciones completamente diferentes. Como mamíferos, necesitamos la conexión social y el contacto con otros seres humanos, especialmente durante nuestro desarrollo, para aprender a regular nuestras emociones. Creo que el tiempo que dedicamos a las pantallas está repercutiendo en problemas de disociación, es decir, en una desconexión de nuestras propias vivencias, sensaciones y emociones.
¿Qué consecuencias tiene dejar de escuchar nuestras emociones y permitir que los estímulos externos condicionen nuestras decisiones?
Perdemos capacidad para conocernos y utilizar nuestras emociones como una brújula que nos oriente. Podemos acabar consumiendo o siguiendo las tendencias que nos marcan los medios y las personas influyentes, en lugar de reconocer nuestras propias necesidades. Creo que también estamos perdiendo capacidad de pensamiento crítico y autoanálisis, especialmente entre las generaciones más jóvenes. Antes estábamos más acostumbrados a la conexión social cotidiana, algo que todavía podemos observar en los pueblos, donde las personas salen a la calle y conversan con sus vecinos.
Volver a escucharnos y saber cuándo buscar ayuda
Muchas personas sienten que ni siquiera durante su tiempo libre consiguen desconectar. ¿Cómo pueden ayudarles la meditación y el mindfulness?
Estas prácticas nos ayudan a observar nuestros estados internos y los pensamientos que ocupan nuestra mente, comprendiendo que no somos únicamente nuestras emociones o nuestros pensamientos. También es importante prestar atención a los contenidos que consumimos. Estamos inundados de información que puede mantenernos en un estado de miedo continuo ante lo que sucede en el mundo. Podemos aprender a orientar nuestra atención hacia personas, enseñanzas y contenidos que nos nutran y nos ayuden a cultivar otros estados emocionales.
¿Qué señales indican que nuestro malestar ha llegado a un punto en el que necesitamos ayuda profesional?
La principal señal es el sufrimiento. Puede manifestarse a través de dificultades en nuestras relaciones con la pareja, los hijos, los amigos o en el trabajo. También pueden aparecer molestias físicas sin una causa orgánica definida, porque nuestra salud mental y física no son realidades independientes. La ansiedad, las crisis personales, la falta de ganas de vivir o la pérdida de interés por salir y relacionarnos son señales de que podemos necesitar la ayuda de un profesional que nos acompañe a comprender aquello que no estamos pudiendo gestionar solos.
Judit González Pernías
