Los comicios brasileños definen la presidencia del país y el margen de autonomía regional frente a Estados Unidos y China en el sector tecnológico.
Las elecciones de este domingo en Brasil definirán quién gobernará el país durante los próximos cuatro años. El resultado también incidirá en el margen de autonomía con el que América Latina puede moverse en la disputa entre Estados Unidos y China.
El expresidente Donald Trump afirmó que «quien gane la IA, gana». Su rechazo a los marcos globales para la inteligencia artificial responde a una postura ideológica y a una estrategia de negocios, en el marco de una competencia por la hegemonía mundial. En ese contexto, Washington considera a América Latina su «patio trasero», una reserva de recursos cruciales para competir con China. Pekín también impulsa la tecnología en su competencia por la supremacía global.
El candidato Luiz Inácio Lula da Silva planteó en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas que los países deben recuperar soberanía frente a las corporaciones digitales, cuyo poder excede la capacidad de los Estados nacionales para imponerles condiciones, y reconstruir espacios de gobernanza internacional donde el Sur Global tenga más peso. En la Cumbre sobre el Impacto de la IA celebrada en la India, Lula afirmó: «cuando unos pocos controlan los algoritmos y la infraestructura digital, no estamos hablando de innovación, sino de dominación».
La soberanía se convirtió en un eje de su campaña. En Brasil, el Tribunal Superior Electoral fijó normas sobre deep fakes y desinformación, y el Supremo Tribunal Federal obligó a X y a Elon Musk a rendir cuentas por desafiar sus órdenes. El gobierno de Lula impulsó legislación para proteger a niñas, niños, adolescentes y mujeres en el entorno digital, prohibió las apuestas en línea y fortaleció el PIX, el sistema de pagos público y gratuito que se volvió una herramienta de inclusión financiera. En esa agenda pesan también la injerencia extranjera en el proceso electoral y la manipulación de la ciudadanía a través de las plataformas.
América Latina vuelve a encontrarse ante una disyuntiva frente a una revolución tecnológica. La región es rica en tierras raras, energía y agua, y cuenta con centros de investigación de calidad. Sin embargo, la mayoría de los países se muestra, en el mejor de los casos, pasiva. En Argentina, el gobierno de Javier Milei con el Súper RIGI apuesta a una alineación con la agenda de Washington y de Silicon Valley. Sin espacios regionales de coordinación, la creciente demanda de cobre, litio y energía amenaza con profundizar el histórico patrón de dependencia latinoamericano.
La posición de Brasil levanta una bandera distinta, la de una América Latina que se niega a convertirse en una «república bananera» de la era digital. Por eso estas elecciones importan tanto para el resto de la región, además de lo que significaría para la democracia brasileña el regreso de otro Bolsonaro al poder. La campaña transcurre en un clima de fuerte polarización y todo indica que habrá segunda vuelta, ya que desde 1998 ningún presidente brasileño se impuso en primera vuelta. El balotaje estiraría tres semanas más una campaña expuesta a la desinformación, en una región donde crece la desconfianza hacia la democracia.
Si Lula fuera derrotado, la llamada «marea azul» de gobiernos de derecha se extendería sobre casi toda la región, y los proyectos soberanos y democráticos perderían un bastión decisivo. Volvería a cobrar fuerza aquella vieja ironía atribuida a Charles de Gaulle, según la cual América Latina es la «región del futuro», condenada a seguir siéndolo para siempre.
