Con turno previo y paciencia, un ciudadano relata su experiencia en una oficina de infracciones de tránsito de la Ciudad de Buenos Aires, donde la burocracia y la falta de comunicación generan frustración.
Al llegar al edificio del gobierno porteño donde se gestionan las infracciones de tránsito, una fila de 20 metros sobre la vereda anticipaba una mañana complicada. A pesar de tener turno, la consulta con el último de la fila confirmó que incluso con cita previa había que esperar. Una vez adentro, tras 15 minutos de recorrido, un retén de dos empleados y dos sillas bloqueaba el paso, desestimando excusas. “Yo lo entiendo señor, pero nosotros no podemos hacer nada; es el sistema”, era la respuesta a los que intentaban pasar.
En las oficinas, todos protestaban: los ciudadanos por la espera o las multas, y los empleados por el enojo de la gente. El motivo de la visita era una infracción de tránsito menor que podía costar puntos en la licencia. Mientras esperaba frente a una pantalla que parecía congelada, el autor reflexionó sobre cómo la burocracia desgasta al ciudadano antes de la instancia final. Pasados 20 minutos sin cambios en la pantalla, fue al mostrador de informes. “¿Y por qué no se dirige a su box y pregunta ahí?”, respondió una empleada. Al acercarse a una controladora, esta sorprendida dijo: “Estoy llamando desde hace rato; quédese que lo atiendo”. La pantalla no funcionaba.
Al terminar el trámite, el autor intentó informar sobre la falla, pero la empleada de informes respondió: “Acá nadie vino a quejarse”, sugiriendo que era una excusa. “A mí no me compete”, concluyó. La experiencia, similar a las narradas en obras como El Proceso de Kafka o la película Brazil, deja una sensación de impotencia. Los burócratas probablemente conocen estas historias, pero sienten que no son de su incumbencia. Después de todo, mañana seguirá la vida, de 8:00 a 19:30 y con turno previo.
