Desde el reloj del Cabildo hasta los pitidos radiales, un recorrido por la historia de la medición del tiempo en el país.
La aparición del celular fue quitando del uso cotidiano algunos dispositivos, que solo quedaron como decoración, elegancia o rareza, tal como el teléfono de línea, las cámaras de fotos y el reloj. El ademán de cerrar el puño y rotar el brazo para que el dorso de la muñeca quede a nuestra vista, como gesto inequívoco de querer saber la hora de un ficticio reloj pulsera, ya pertenece a la generación de mayores de 60 años.
Convengamos que el reloj tampoco existía en la primitiva Argentina colonial -por darle un nombre fácil de comprender-, donde el tiempo diario se medía como era común por siglos: el alba, la mañana, el mediodía (cuando el sol estaba más alto), la tarde, el ocaso y la noche. Fuera de esta fuente natural, solo existían las referencias religiosas: el toque de las campanas de las iglesias y los ritos católicos como el rezo del rosario. Así, por ejemplo, en el periódico Telégrafo Mercantil, que apareció en Buenos Aires en 1801 y 1802, cuando se cita la partida de los barcos solo se menciona el día y no el horario. Lo mismo en los avisos de ventas, donde se da el nombre del vecino que ofrece un producto o servicio, pero nunca la hora en que atendía.
En su afán de ordenar la vida del país, en 1849 Juan Manuel de Rosas determinó, por primera vez en estas tierras, que la hora oficial sería la que indicaba el reloj del Cabildo de Buenos Aires. No obstante, por ejemplo, el horario de las funciones teatrales no aparecía en los anuncios. El problema surgió cuando nacieron los ferrocarriles, en 1857. Necesariamente tenían que fijar horarios. Por ejemplo, si se perdía por unos segundos el tren que salía a las 10.30 de Belgrano a San Fernando, como indica la Guía de Forasteros de 1864, el siguiente recién pasaba a las 14.05. Así adoptaron los relojes las grandes estaciones terminales, como la Estación Central (a un paso de la Casa Rosada), la bella Mar del Plata Sur (obra del arquitecto Dormal), Plaza Constitución, Retiro del Central Córdoba y algunas intermedias importantes, como Lomas de Zamora. Las oficinas de algunas empresas como el Central Argentino (Mitre y 25 de Mayo) también los tenían.
El historiador Rodolfo Maschwitz, en un artículo publicado en La Nación, en 1969, señala que, precisamente, en 1857, los relojeros Adolfo Jaeggli e Isidoro Gavet solicitaron el permiso de construcción de un observatorio en la torre de la iglesia de la Merced (Buenos Aires) para que funcionara como autoridad horaria. Dos años más tarde, el gobierno de la ciudad, informado debidamente por el Departamento Topográfico, ordenó que los relojes públicos y las oficinas del Estado se rigieran por la hora establecida por estos relojeros en su taller de la calle Perú 3. El sistema funcionó hasta 1894, en que se tomó como hora oficial el meridiano que pasaba por el observatorio de Córdoba que, en 1916, comenzó a transmitirla con mayor exactitud a través de unos pitidos telegráficos que, a partir de 1944, se tornaron obligatorios (antes eran optativos y aislados) en las transmisiones radiales.
Pero volvamos al importante 1857, porque ese año se comenzó a recaudar una tasa en Rosario para instalar su primer reloj público. Un herrero de nombre Barbagelata se ofreció a construirlo. En enero del año siguiente quedó listo, pero empezó a funcionar tan mal que hasta daba cien campanadas seguidas, para irritación del vecindario. El relojero Struzzi era el encargado de repararlo, pero no quería tomarse el trabajo de subir los 80 escalones. Además, cuenta la crónica que, cada vez que iba de su casa a la iglesia, el reloj dejaba de sonar. “Muerto definitivamente el aparato”, el vecino Lázaro Costa compró otro reloj en Italia por cuenta de la Municipalidad. Sin embargo, corrió la misma suerte, una vida corta.
En 1861, señala una nota de Mundo Argentino en 1935, la casa Thwaites y Red, de Londres, construyó el reloj del Cabildo de Buenos Aires, que, cuando se empezó a abrir la avenida de Mayo, en 1891, fue trasladado a la iglesia porteña de San Ignacio. Tenía un enorme péndulo de cuatro metros de largo y seis toneladas. Un italiano se encargaba de su mantenimiento hasta que falleció en el último descanso, casualmente, de la torre. Lo reemplazó el relojero de la Municipalidad, Luis Agthe, pero el mecanismo estaba muy descuidado y quedó clavado, por años, a las 8.10. En Estados Unidos, cuando un reloj público se rompe colocan sus agujas a la hora en que mataron al presidente Abraham Lincoln. En Argentina no existe ninguna práctica similar.
En 1881, el presidente Julio Roca había creado el Observatorio Naval del Ministerio de Marina que, el 6 de diciembre del año siguiente, obtuvo un sistema muy preciso de medición horaria al registrar el paso de Venus sobre el disco solar. Así cuando el sol pasaba al mediodía por Córdoba, eran las 12 en todo el país. En 1912 se reunió la Conferencia Internacional del Hora en París y adoptó el sistema de usos horarios para unificar el mapamundi en 24 franjas, una por hora. Se determinó que el punto de partida era el meridiano de Greenwich.
