Un estudio científico revela que las lágrimas humanas, al secarse, forman cristales con patrones geométricos distintos según su origen: basales, reflejas o emocionales. La fotógrafa Rose-Lynn Fisher documentó estas diferencias en su proyecto ‘Topografía de las lágrimas’.
Las lágrimas humanas, vistas a simple vista, parecen idénticas: una gota translúcida que resbala por la mejilla. Sin embargo, al microscopio, su evaporación deja cristales con patrones geométricos únicos que varían según el tipo de lágrima.
La ciencia clasifica las lágrimas en tres categorías según su origen y función. Las basales se producen de manera constante para mantener la córnea húmeda y protegida. Las reflejas se generan como respuesta a irritantes externos como el humo, el viento o el gas de la cebolla. Las psíquicas o emocionales se desencadenan ante estados como tristeza, alivio, empatía o risa.
Cuando una lágrima se deposita sobre un portaobjetos de vidrio y se deja secar al aire, las sales disueltas cristalizan. El cloruro de sodio, el potasio y otros minerales se ordenan formando patrones geométricos, pero la forma final depende de la composición de la gota.
Las lágrimas emocionales contienen hormonas y neurotransmisores derivados del estrés, como prolactina, hormona adrenocorticotrópica (ACTH) y leucina-encefalina, un analgésico natural. Esta diferencia molecular altera el proceso de cristalización.
Hace más de dos décadas, la fotógrafa Rose-Lynn Fisher, tras atravesar un duelo, inició el proyecto ‘Topografía de las lágrimas’ para observar al microscopio las lágrimas humanas. Las imágenes revelaron que las lágrimas basales forman tramas dendríticas regulares, similares a helechos de hielo; las de cebolla muestran campos abiertos y geométricos; y las de dolor o pérdida presentan fracturas complejas y ramificaciones intrincadas.
Según la investigación, factores como la viscosidad, el ritmo de evaporación y la proporción de lípidos influyen en cada muestra, por lo que cada lágrima deja una huella irrepetible al evaporarse.
