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Claudia y Bernat, dos jóvenes que dejaron la ciudad para criar cabras en los Pirineos

Claudia (26 años), técnica en ganadería, y Bernat (31 años), ingeniero agrónomo, gestionan una granja de cabras en la Cerdanya. La pareja produce leche que venden a queserías locales y planea ampliar la venta directa.

A las cinco de la mañana, cuando buena parte de la Cerdanya todavía duerme, en Cal Jeroni el día ya está en marcha. Claudia (26 años), técnica superior en ganadería y asistencia en sanidad animal, y Bernat (31 años), ingeniero agrónomo, han construido su rutina alrededor de los animales. Ordeñar, repartir la leche, alimentarlos y revisar que todo esté en orden son algunas de sus tareas diarias.

Es una vida que no se parece demasiado a la de muchos jóvenes de su edad. Ellos, sin embargo, la escogieron. La pareja se conoció cuando Bernat arregló el tractor del padre de Claudia. Pronto descubrieron que compartían las ganas de vivir en la naturaleza. “Bernat tenía una finca familiar en esta zona. Los dos habíamos acabado los estudios y decidimos venir a vivir aquí. Justo entonces nos confinaron por la pandemia de covid y, aprovechando el tiempo que estábamos en casa, empezamos a pensar que podíamos crear juntos”, explica Claudia.

No tardaron en encontrar qué. “Desde pequeña me encantaban los animales y sabía que me quería dedicar a alguna cosa relacionada con esto. Así que pensamos que podíamos crear una granja de cabras de leche”, recuerda la joven.

Su decisión tampoco fue una sorpresa para familiares y amigos. “Cuando se lo dijimos, no se extrañaron porque saben que nos gusta estar en la montaña. Más bien al contrario. Estaban muy ilusionados de que viniéramos para aquí. Es que es otro mundo. Nos decían: ‘Estáis aquí tranquilísimos, nadie os enfada’”, cuentan.

La creación de Cal Jeroni

Juntos pusieron en marcha la granja desde cero. Optaron por traer cabras alpinas desde Francia, una raza reconocida por su elevada producción de leche, e incorporaron también vacas Fleckvieh y cabritos. Pero criar ganado era solo una parte del camino. También tuvieron que decidir cómo querían hacerlo y qué tipo de ganadería querían construir.

“Desde el primer momento, tuvimos muy claro que queríamos vender leche a las queserías para abastecerlas todo el año”, manifiesta Claudia. Para conseguirlo, organizan las cabras en distintos lotes reproductivos y escalonan sus ciclos para mantener la producción durante todas las estaciones, respetando al mismo tiempo sus ritmos naturales.

Con las vacas siguen el compás de las estaciones: “En verano están en la montaña y hacia el otoño las bajamos hacia los prados alrededor de la granja. En invierno, cuando no hay tanto que comer afuera y hace más frío, las cerramos a la nave”.

El día a día

En Cal Jeroni, los horarios los marcan los animales. Bernat se levanta a las cinco de la mañana para preparar y llevar la leche a las queserías. Claudia lo hace una hora después y, hacia las seis y media, comienza a ordeñar las 130 cabras. Cuando él regresa, continúan juntos con el resto de las tareas: alimentar al ganado, dar leche a los cabritos, comprobar que las vacas están bien y seguir de cerca a las cabras que todavía tienen que parir.

Después llegan el mantenimiento de las instalaciones y todo aquello que no figuraba en el plan del día. “Al estar al aire libre, hay muchas cosas que no puedes prever. A veces, tenemos que llamar al veterinario sin margen porque un animal se ha hecho daño”, confiesan.

“Muchas veces tenemos que quedarnos por la noche. Si una vaca está en peligro o enferma, te quedas con ella para vigilarla o, si no sabes dónde está, tienes que salir a buscarla”, insiste Claudia. El descanso, cuando llega, es breve. “Al mediodía intentamos descansar un poco, pero muchos días no podemos porque si no el día no termina. Normalmente, nos vamos de la granja a las nueve y media de la noche”, reconoce Claudia.

Además, son ellos dos quienes asumen todo el trabajo, lo cual significa que siempre hay uno pendiente. “Es que vivimos tan cerca que es difícil desconectar. Siempre estamos pensando en una cosa u otra”, señalan.

Tecnología para cuidar el campo

Su apuesta por la ganadería no consiste únicamente en conservar las formas de hacer de siempre. Cada año intentan introducir alguna mejora tecnológica que les permita cuidar mejor a los animales y hacer más llevadero el trabajo.

Las instalaciones están pensadas para adaptarse a las necesidades del ganado. En verano cuentan con ventiladores para mantener frescas a las cabras y, en invierno, con calefacción y más paja en las camas para protegerlas del frío. “Queremos que los animales estén lo mejor posible”, afirman.

También han incorporado un sistema de ordeño que registra cuánta leche produce cada cabra y un dispositivo retira automáticamente la máquina cuando termina. “Así evitas ordeñarla de más y hacerle daño”, revela Claudia.

Retos en una granja

Aunque el esfuerzo físico es una de las principales dificultades, no es la única. “Los retos administrativos son los más complicados”, sentencian. La asociación de Joves Agricultors i Ramaders de Catalunya (JARC) les ayuda con buena parte de esta gestión, aunque hay trámites que siguen recayendo sobre ellos. “Estoy mucho rato en la oficina cuando debería estar con los animales. Es necesario llevar un control y nosotros lo seguimos al pie de la letra, pero es verdad que parece que se hace muy pesado”, reflexiona Claudia.

A la burocracia se suma la incertidumbre económica. Según la pareja, el negocio es rentable, aunque el margen es ajustado. “Cada año todo es más caro y, si quieres hacer una inversión, tienes que hacer muchos números”, advierten.

Proximidad

Una de sus próximas apuestas es acercar todavía más Cal Jeroni a quienes consumen sus productos. Quieren ampliar la venta directa y abrir una pequeña tienda en la finca, de manera que quien compre pueda conocer también el lugar donde se ha criado el animal.

Esa proximidad tiene un valor que va más allá de la venta. “Creemos que conocer el origen de los productos que ofrecemos es un factor que nos diferencia de otras explotaciones. Nos hemos encontrado gente de Barcelona que no ha visto nunca una vaca. Cuando les explicas cómo funciona todo, flipan porque no saben nada de este mundo”, expresan antes de añadir: “Cuanta más proximidad, más ayudarás a tu país”.

La apuesta parece funcionar, lo que les lleva a mirar hacia los próximos pasos. “Nos gustaría ampliar el número de cabras, abrir una pequeña tienda en la finca para vender los productos y que el consumidor vea todo el proceso de compra y contratar a alguien”, afirman.

Un futuro en la naturaleza

A pesar de las jornadas largas, los imprevistos y la cautela que exige cada inversión, Claudia y Bernat no imaginan su futuro lejos de Cal Jeroni. “Nos ha dado mucha libertad. Somos nuestros propios jefes, no nos manda nadie. Aunque estamos muy ligados, somos libres. Podemos estar tranquilos”, manifiesta Claudia.

Es por eso por lo que ambos se muestran rotundos ante la posibilidad de que les ofrecieran un trabajo bien pagado en Barcelona. “No. Estamos tranquilos y tenemos nuestra vida hecha aquí. En el futuro, nos vemos como estamos ahora”, afirman.

Quizá esa sea la clave para entender por qué dos jóvenes decidieron convertir una finca familiar en su forma de vida. No hablan de la ganadería como un sacrificio, sino como una elección. “Cada vez son menos las personas que se quieren dedicar a esto y, en realidad, es un trabajo que te enraíza al territorio y a la vida. La gente que sentimos pasión por esto no lo dejamos nunca”, concluyen.

Así, ellos no sueñan con escapar del campo, sino con seguir ampliando el mundo que han construido en él. Su futuro no está en una oficina, sino que empieza cada mañana cuando todavía no ha salido el sol.

Jara Bravo

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