Un encuentro académico en la Universidad de San Pablo reunió datos sobre emisiones del sistema alimentario, pérdida de carbono en los suelos y estrategias de conservación implementadas en distintos países.
La Universidad de San Pablo, a través de su Centro de Estudios del Carbón en la Agricultura Tropical, realizó un simposio internacional sobre estudios de la tierra. Las conclusiones presentadas incluyen datos sobre emisiones de dióxido de carbono, pérdida de carbono en los suelos y alternativas de producción.
Según lo expuesto, el 30% de los gases de dióxido de carbono emitidos por la actividad humana provienen del sistema alimentario. De ese total, el 15% está relacionado con la producción agrícola.
En Asia, donde habita más de la mitad de la población mundial y se practica la agricultura desde hace más de 10.000 años, el 75% del carbono originario ya ha sido consumido a través de miles de años de cultivos tradicionales. En el resto del mundo –Brasil, América del Sur, Estados Unidos y Europa– el carbono originario perdido asciende al 30% del total.
El simposio señaló que no habría producción mundial de alimentos en la actualidad sin la utilización intensiva de fertilizantes. No obstante, indicó que existe una alternativa más eficiente consistente en el reciclaje de la materia orgánica, que implica devolver la tierra para que sea regida por las leyes de la naturaleza, de manera deliberada y por etapas de 5 a 10 años.
En la actualidad se utilizan 5.200 millones de hectáreas para la producción agroalimentaria en el mundo. De ellas, 3.700 millones están destinadas a la ganadería, una cifra que el simposio consideró desmedida respecto a su uso efectivo. Algo similar sucede con la producción agrícola, donde 1.500 millones de hectáreas, o quizás más, podrían ser devueltas a la naturaleza.
Durante los dos primeros mandatos de Franklin Delano Roosevelt (1933-1944), Estados Unidos desarrolló un amplio programa de conservación de los suelos después de la experiencia de las tierras arruinadas del Medio Oeste, que obligaron a una inmigración masiva de la Región Central norteamericana. El gobierno de Roosevelt implementó entonces un programa de conservación de la tierra en la cuenca del río Mississippi después de dos episodios catastróficos de ‘dust bowls’ (tempestades de polvo).
En ese momento, el gobierno federal comenzó a pagar a los agricultores de esa región para que convirtieran zonas agotadas en vegetación permanente, abonándoles una renta como si produjeran maíz, trigo o mijo. Este programa del ‘New Deal’ incluyó más de 16 millones de hectáreas y transformó la región situada entre el Mississippi y las montañas Apalaches, que en ese entonces era un reducto de marginación y pobreza, hasta recuperar luego la vitalidad económica.
El simposio también abordó el nivel de desperdicio en la producción. Brasil produce 380 millones de toneladas de granos este año (soja, maíz, trigo, etc.), pero más de 120 millones de toneladas son desperdiciadas. En la India, la proporción es mayor: más del 40% del total de las cosechas se pierde inmediatamente después de ser levantadas por la falta de frigoríficos capaces de mantenerlas.
El encuentro de la Universidad de San Pablo señala que el ganado, debidamente alimentado y cuidado, es una parte importante de los procesos de recuperación de las tierras y del medio ambiente. Por eso, indica que es preciso tener una visión integrada de los sistemas agroalimentarios, y que el objetivo no puede ser siempre la producción máxima, sino una cosecha sustentable y de superior productividad.
La agricultura, en suma, es la gran protagonista de la recuperación de los suelos, pero para eso se requiere recompensar a los agricultores que pausan su actividad en las tierras. Esto implica valorizar los productos de la agricultura regenerativa con marcas propias y mejores precios, pensando en un público consumidor urbano de crecientes niveles de ingresos, que es cada vez más el propio de la clase media mundial.
En breve síntesis, el simposio planteó tomar el ejemplo de la producción agrícola circular, y respetar y seguir las leyes de la naturaleza, que son sinónimo de alta sustentabilidad y de elevada productividad. Se trata de aliarse a la naturaleza y a las leyes de la vida en vez de destruirla o explotarla.
