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Por qué repetimos lo que nos hace daño: una explicación desde la psicología

El psiquiatra Adrián E. Cillo explica por qué las personas tienden a repetir patrones afectivos dañinos y cómo el cerebro prioriza lo conocido sobre lo nuevo.

Una mujer promete que nunca volverá a elegir a alguien que la ignore y, años después, descubre que está esperando otra vez una respuesta que no llega. Un hombre jura que no tratará a sus hijos como lo trataron a él, pero un día escucha en su propia voz las palabras que más le dolieron. Sabemos que algo nos hace daño y, aun así, regresamos.

No siempre porque deseemos sufrir. A veces repetimos porque el cerebro reconoce con mayor facilidad lo conocido que aquello que podría hacernos bien.

Desde los primeros años aprendemos qué podemos esperar de los demás: si estarán disponibles, si responderán cuando los necesitemos, si expresar una emoción será recibido con cuidado o convertido en motivo de rechazo. Esas experiencias no quedan solamente como recuerdos. Se transforman en una especie de mapa con el que intentamos anticipar lo que ocurrirá.

El cerebro utiliza el pasado para predecir el futuro. Gracias a ello podemos actuar rápidamente sin analizar cada situación desde cero. Pero ese mecanismo también tiene un costo: podemos seguir esperando aquello que vivimos, incluso cuando nos hizo daño.

Quien aprendió que el amor siempre llega acompañado de distancia puede sentirse atraído por personas emocionalmente inaccesibles. Quien creció intentando evitar conflictos quizá calle sus necesidades para no perder un vínculo. Quien fue humillado puede interpretar una observación mínima como una amenaza. No se trata de decisiones completamente conscientes. Muchas veces reaccionamos antes de comprender qué estamos tratando de evitar.

Lo conocido no siempre es seguro, pero suele ser previsible. Y para un cerebro organizado alrededor de la amenaza, lo previsible puede resultar menos inquietante que lo nuevo. Por eso una relación respetuosa puede generar desconfianza, la calma puede sentirse extraña y recibir cuidado puede ser más difícil que ofrecerlo.

Esto no significa que nuestra infancia determine inevitablemente nuestro destino ni que toda elección afectiva sea consecuencia de un trauma. Significa que las experiencias repetidas crean expectativas. Y que esas expectativas influyen en aquello que observamos, toleramos y elegimos.

Comprender un patrón es importante, pero no siempre alcanza para modificarlo. El cambio necesita experiencias nuevas: poner un límite y comprobar que el mundo no se derrumba; expresar una necesidad y descubrir que alguien permanece; recibir afecto sin tener que ganarlo mediante el sacrificio. La psicoterapia puede ofrecer un espacio para reconocer esas repeticiones y ensayar respuestas diferentes.

Sanar no consiste en culpar al pasado ni en borrar lo vivido. Consiste en dejar de confundir lo familiar con lo inevitable.

Nuestra historia puede explicar el camino que aprendimos a recorrer, pero no tiene por qué decidir adónde iremos. Cambiar comienza cuando descubrimos que lo nuevo no siempre es peligroso y que aquello que se siente conocido no necesariamente es amor.

Adrián E. Cillo es médico psiquiatra, especialista en psicotrauma y terapia EMDR. Dirige la Diplomatura en Trauma y Disociación de la Universidad Favaloro.

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