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Erich Fromm, psicoanalista: «La gente cree que amar es sencillo y que lo difícil es encontrar un objeto apropiado para amar»

El psicoanalista y filósofo alemán Erich Fromm, autor de «El Arte de Amar», sostuvo que el amor es un arte que requiere aprendizaje y que la mayoría de las personas confunde el enamoramiento inicial con el amor duradero.

Erich Fromm, psicoanalista y filósofo alemán, fue uno de los principales representantes de la escuela de Frankfurt y un destacado pensador del siglo XX. Nació en el seno de una familia judía en el año 1900 y tuvo que mudarse a Nueva York luego de que los nazis tomaran el poder en Alemania. Allí abrió una consulta clínica y comenzó a popularizar un psicoanálisis con una fuerte influencia en la filosofía humanista.

A lo largo de su carrera escribió numerosos libros que lo convirtieron en uno de los autores más importantes del psicoanálisis del siglo XX. Entre sus obras más conocidas se encuentra El Arte de Amar, publicada en 1956, que continúa vigente con sus reflexiones sobre el amor y ha logrado mantener actualidad siete décadas después de su lanzamiento.

En la primera página del libro, Fromm escribe: «La mayoría de la gente piensa que el problema fundamental del amor consiste en ser amado y no en amar». Además, sostenía que muchas personas creen que no hay nada que aprender sobre el amor: «La gente cree que amar es sencillo y que lo difícil es encontrar un objeto apropiado para amar. Es la suposición de que el problema del amor es el de un objeto y no el de una facultad».

Fromm señalaba: «Esa actitud, que no hay nada más fácil que amar, sigue siendo la idea prevaleciente sobre el amor, a pesar de las abrumadoras pruebas de lo contrario».

Según Fromm, un error común que lleva a suponer que no hay nada que aprender en el amor radica en la confusión entre la experiencia inicial del «enamorarse» y la situación permanente de «permanecer» enamorado. «Si dos personas que son desconocidas dejan caer la barrera que los separa y se sienten cercanos, se sienten uno. Ese momento de unidad constituye uno de los más estimulantes y excitantes de la vida», escribió.

Ese milagro de súbita intimidad, decía Fromm, suele verse facilitado si se consume la atracción sexual. «Este tipo de amor, por su naturaleza, es poco duradero», sostenía, argumentando que, como las dos personas no llegan nunca a conocerse bien, su intimidad pierde cada vez más su carácter milagroso. «Al principio esto no lo saben, consideran la intensidad del apasionamiento, ese estar locos el uno por el otro como una prueba de la intensidad de su amor, cuando solo muestra el grado de su soledad anterior», sentenciaba.

Durante sus últimos años de vida, Fromm tuvo varios asistentes a quienes les enseñó que, de las preguntas más simples, podían nacer las reflexiones más profundas. Uno de sus asistentes, Rainer Funk, destacó este don: «Me preguntaba qué libro estaba leyendo o qué era lo que me había impulsado a leer ese libro, qué era lo que más me gustaba de él y lo que menos». También le interesaba saber «qué era realmente lo que me importaba, qué me llamaba más la atención y con qué prefería pasar el tiempo». Funk recordó que cuestionaba por qué Fromm perdía el tiempo en preguntas que consideraba intrascendentes: «En realidad, él hacía esas preguntas que su interlocutor no se hacía pero que debía haberse hecho. Yo no me las había hecho porque tal vez habrían arrojado una pobre imagen de mí mismo, o incluso me habría avergonzado».

«El clima de entendimiento que se instauraba conversando con Fromm era fruto de una sensación de proximidad que él creaba planteando con una atención e interés especial. Preguntas que yo evitaba, reprimía o simplemente, no me tomaba en serio», reflexionó Funk.

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