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Café, cartas y lecturas: un oasis de otro tiempo en pleno Buenos Aires

Entre el bullicio porteño, un café postal y una lectura en vivo invitan a redescubrir el placer de lo lento y lo escrito a mano.

Este fin de semana, el cronista se permitió un lujo que parece de otra época: escribir una carta en papel, ponerla en un sobre, pegar una estampilla y depositarla en un buzón. También caminó por la ciudad, pero se detuvo en detalles que hoy resultan casi anacrónicos. Y, sobre todo, disfrutó de que una voz humana le leyera, en vivo, textos escritos por otros.

En una reciente columna, José Luis Brea reflexionó sobre el declinar –y la resistencia– del intercambio epistolar. Las cartas, con su tiempo propio, aún persisten. El sábado, el cronista lo comprobó en Posdata, el “primer café postal en Argentina”, un pequeño espacio gastronómico del barrio de Retiro que también funciona como unidad postal (la 5828 del Correo Argentino). El lugar estaba lleno: unas amigas celebraban un cumpleaños, una pareja compartía la lectura de diarios y, en una mesa sobre la calle, una mujer escribía una carta con calma.

El cronista se sumó al juego, pidió café, papel, sobres y estampilla, y se sentó cerca del buzón rojo –un Maculus del siglo XIX– justo cuando la cumpleañera introducía un sobre mientras sus amigas se tomaban una selfie. “Estábamos en un pequeño oasis, un hueco de tiempo robado a la exigencia”, escribe. Al otro lado de la calle se alzaba la Escuela Primaria N°2 Domingo Faustino Sarmiento, coincidencia que sumó un guiño histórico.

Ese mismo día, caminó de Retiro a Monserrat, hasta la Casa de la Cultura (antiguo edificio del diario La Prensa). Allí se realizaba un encuentro del ciclo Un rato con libros, creado por Ana López y Mariel Lo Re. La propuesta es simple: un eje temático, una caja llena de libros, y la lectura en voz alta de fragmentos cuidadosamente elegidos. La cita del sábado, titulada “Tiempo transcurrido”, recorrió la historia desde 1400 hasta 2020 con textos de El Farmer (Rivera), Momentos estelares de la humanidad (Zweig), El color del alba (Lahens), El loco de Dios en el fin del mundo (Cercas) y Los viernes (Juan Forn), entre otros.

Durante dos horas, los asistentes se dejaron llevar por el placer de la lectura en voz alta, en el patio del edificio, entre escaleras centenarias y madera lustrada. “No estábamos en una clase, ni en una ponencia, ni en una charla-debate. Estábamos en un pequeño oasis”, concluye el cronista, y recuerda que, aunque no todo tiempo pasado fue mejor, hay hilos de experiencia que vienen de lejos y que merece la pena seguir tirando.

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