La capacidad de formar una U con la lengua, lejos de ser un simple truco, es un rasgo que combina biología, entorno y práctica, según las últimas investigaciones.
Poder curvar la lengua en forma de U es una habilidad que muchas personas descubren desde la infancia, casi como un pequeño truco corporal que algunos logran y otros no. Durante años, este gesto fue considerado una curiosidad genética que dividía a las personas en dos grupos: quienes podían hacerlo y quienes no. Sin embargo, con el avance de la investigación, esa idea empezó a matizarse.
Lo que antes se pensaba como un rasgo estrictamente hereditario hoy se entiende como una combinación de factores biológicos, aprendizaje y control muscular. La lengua es un órgano extremadamente flexible, formado por varios músculos que permiten movimientos muy precisos. Sin embargo, no todas las personas logran coordinarlos de la misma manera para generar ciertas formas.
Distintos estudios señalan que entre el 65% y el 81% de las personas pueden realizar este movimiento, lo que muestra que no es una capacidad universal. En su revisión ‘Myths of Human Genetics: Tongue Rolling’, John H. McDonald (Universidad de Delaware) cita estas prevalencias de trabajos como Sturtevant (1940) y Liu & Hsu (1949).
Además, aunque durante años se creyó que dependía de un solo gen dominante, los científicos no lograron identificar un gen específico que explique esta habilidad. Incluso gemelos idénticos -que comparten el mismo ADN- mostraron que uno puede hacerlo y el otro no, lo que refuerza que intervienen factores adicionales más allá de la herencia.
La hipótesis que cobra más fuerza actualmente entre los especialistas define esta capacidad como un rasgo poligénico y multifactorial. Esto significa que intervienen múltiples genes con efectos pequeños, cuya expresión puede ser modificada por el entorno y la anatomía individual.
Lejos de ser una simple curiosidad, la capacidad de doblar la lengua en forma de U revela aspectos interesantes sobre el cuerpo y su funcionamiento. Aunque suele considerarse un simple juego, es un buen ejemplo de cómo interactúan la biología y la experiencia. Lo que parece un rasgo fijo, en muchos casos, es el resultado de una combinación más compleja entre lo que heredamos y lo que aprendemos a hacer con nuestro propio cuerpo.
