Juliana Mombelli y Martín Laniado Spilzinger llevan su trabajo a la selva peruana, enfrentando desafíos climáticos y culturales para edificar una escuela-hogar en Santa Clotilde, un proyecto que contó con el respaldo del Sumo Pontífice.
Con una botella de agua, repelente y los planos en la mochila, los arquitectos Juliana Mombelli y Martín Laniado Spilzinger navegan las aguas del río Napo, una de las vertientes del Amazonas, para llegar a Santa Clotilde, una pequeña localidad peruana. Allí, los alumnos de la escuela-hogar Lucille Gagné Pellerin (LuGaPe) aguardan la finalización de las obras.
«Santa Clotilde está al borde del río Napo. Se trata de una de las regiones más salvajes de la Amazonía. El río Amazonas es como la avenida principal por donde van todos los buques. Nosotros nos desviamos por el Napo», cuenta Mombelli, explicando que el único transporte disponible son las canoas. Ella fue la primera en pisar la selva y reconoce que tuvo que afrontar «todos los miedos y prejuicios» con los que venía de la ciudad.
Mombelli fue convocada para trabajar en la Amazonía tras haber concretado con éxito varios proyectos en barrios vulnerables de Argentina, como Ciudad Oculta (CABA) y Don Orione (provincia de Buenos Aires). En el proyecto de Ciudad Oculta, se enteró con la obra ya avanzada de la participación del Papa Francisco. «La gente piensa que la financiación venía de su fundación, pero la realidad es que él financiaba muchas obras de su propio bolsillo», relata.
Luego de esta experiencia, Francisco convocó nuevamente a Mombelli para dibujar los planos de un centro pastoral indígena en Caballococha, también en el Amazonas. «Este proyecto fue financiado cien por ciento por Francisco. Él se enteraba cada vez que yo viajaba… Siempre estuvo al tanto del proyecto», afirma la arquitecta, quien destaca la cercanía del Pontífice con las comunidades originarias.
Al concluir esas obras, Mombelli recibió la propuesta de trabajar en Santa Clotilde. Fue el obispo José Javier Travieso quien le pidió los planos iniciales, pero al realizarlos a la distancia, no fueron adecuados. «Lo que hice fue ver un video en Youtube que me dijo todo lo contrario a lo que tenía que hacer», recuerda. La invitación a conocer el lugar fue clave. Poco después, se sumó al equipo Laniado Spilzinger.
Los arquitectos recuerdan con humor que, debido a las duras condiciones climáticas, los lugareños apostaban cuánto tiempo tardarían en abandonar el proyecto. Una de las razones del chiste se basaba en una seguidilla de proyectos internacionales fallidos, como el de una constructora canadiense que envió aulas estandarizadas con aires acondicionados, inútiles en un lugar con muy pocas horas de electricidad.
El trabajo de Mombelli y Laniado Spilzinger se enfoca en diseñar con y para la comunidad, aprendiendo de sus sistemas constructivos y adaptándose al entorno, una lección que tomaron de experiencias previas y del propio deseo del Papa Francisco de cuidar la «casa común».
