El 16 de abril de 2025 llegamos a casa con nuestro recién nacido después de nueve días en Neo, de los cuales cinco los pasó sedado y con respirador.
La noche del 7, Cecilia había roto bolsa, pero en lugar de líquido amniótico, lo que mojó su toallita fue meconio. Ese líquido verde y con olor nos transportó enseguida a la clase del curso preparto titulada “Señales de alarma”. Casi arranco una puerta del auto cuando salí marcha atrás. En menos de diez minutos hicimos el trayecto a la clínica que solíamos hacer en veinte. Nuestra obstetra estaba de guardia, le midió las pulsaciones al bebé y se llevó a Cecilia a la sala de partos. A mí me dejaron esperando en una habitación. Recuerdo que estaba muy nervioso y me puse a tipear como un desaforado en mi diario.
Cuando la enfermera me vino a buscar, Cecilia ya estaba en posición. Le sostuve una rodilla y la enfermera la otra; pujó tres veces y nació el bebé. No pude evitar notar la perfección del cordón umbilical. Lo pusieron sobre Cecilia y empezó a llorar. Lo vi bien. Después se lo llevó la pediatra que asistía al parto, le metió un tubo en la garganta y le extrajo el meconio que había tragado. Lo pesaron: 3,340 kilos. Luego me lo dieron en brazos y me devolvieron a la habitación. Nos quedamos una hora solos hasta que volvió la pediatra y dijo que lo notaba agitado, así que tendría que pasar el resto de la noche en Neo.
A la mañana siguiente subí a ver al bebé y, mientras esperaba junto a otros padres y madres, recibí un mensaje de Cecilia. El bebé tenía neumonitis y tendría que permanecer internado. Cuando pude entrar, lo vi dormir en su cajita transparente. Tenía una sonda para comer y medias en las manitos para no arrancársela. Me daba la espalda y su pelo, marrón, abundante y que parecía peinado con raya, me recordaba al de mi padre. Las visitas se repitieron en loop cada tres horas hasta que en una, antes de entrar, preguntaron por los padres de Juan Ignacio. Nosotros, contestamos. Lo habían dormido y le habían puesto un respirador. El loop de los días se hizo más pesado, pero las doctoras de la Neo aseguraban que era lo mejor para que su pulmón húmedo se recuperara lo más rápido posible. Tuvieron razón: la sedación y el oxígeno lo ayudaron. La radiografía que le hicieron dos días después mostró un pulmón limpio. Ahora solo había que esperar a que se despertara.
El día que llegamos a la Neo y ya no estaba en la incubadora, me largué a llorar. Volvimos a casa, pero antes paramos en la parroquia de Luján a agradecerle a la Virgen. Empezamos a vivir lo que, en retrospectiva, podríamos llamar el trimestre de la tranquilidad.
Estábamos los tres juntos. Yo todavía tenía cuatro semanas de licencia por paternidad. El bebé se adaptó fácil a nuestra casa. Un efecto secundario de la Neo fue que podía dormir aunque hubiera ruido alrededor suyo. Tomaba bien la teta y Cecilia tenía mucha leche. Sí, había problemas, pero eran del tipo de problemas que quería: tener que cambiarle el pañal muchas veces por día, que me ensuciara una remera nueva, despertarnos a la noche para darle de comer.
A diferencia de otros bebés, cuando estaba despierto no pedía upa y podía estar acostado en su cunita largos períodos de tiempo, mirando los avioncitos que volaban en círculo sobre él o, más adelante, tocando un pianito con los pies. Cuando empecé a trabajar y mis compañeros veían que podía tener una call de una hora con Juani escuchando atento a mi lado, me decían que me había sacado la lotería. Yo agradecía y le atribuía a su tiempo en Neo esa característica de su personalidad.
Pero en algún momento entre los tres y los cuatro meses, mientras le acariciaba la cabeza, noté que la parte de atrás estaba algo plana. En el control de los cuatro meses lo comenté y la pediatra nos mandó a hacerle una radiografía y una ecografía. Luego, con esos estudios, deberíamos visitar a una neurocirujana. Las palabras neurocirujana y bebé en la misma oración no son divertidas. La doctora le puso un nombre a la afección que tenía Juani: “plagiocefalia posicional” y, además, “braquicefalia”. Ambos nombres son terroríficos. El primero hace referencia a un aplanamiento del cráneo por dormir boca arriba siempre en la misma posición o pasar mucho tiempo acostado (suele pasarles a los bebés que van de muy chiquitos a guarderías, nos dijo). El segundo, a que los huesos de los laterales se estaban abriendo, ensanchándole la cabecita.
La ecografía revelaba algo que podía explicar la situación: el acortamiento de un músculo del cuello, probablemente acentuado por el tiempo en Neo. Esa tortícolis hacía que Juani, cuando estaba acostado, inclinara la cabeza siempre hacia el mismo lado.
Lo más importante que nos dijo la doctora fue que no era un caso para operar (lo cual fue un alivio). Lo segundo, que si bien era un problema estético, podía traerle problemas funcionales a futuro (como cefaleas o asimetría en la mordida). Y lo tercero, que recomendaba fuertemente hacer un tratamiento con una órtesis craneal: un casquito que modela la cabeza del bebé mientras crece.
El tipo de casco con el que ella trabajaba lo hacía una sola ortopedia en el país, en Capital Federal; y mientras antes comenzáramos el tratamiento, mejores resultados tendríamos. Entre conseguir turnos y realizar los estudios, Juani estaba ya más cerca de los cinco meses que de los cuatro. Por lo general, el casquito se empieza a usar a los cuatro meses, nos dijo, y se usa hasta los ocho. Desde el consultorio mismo llamamos a la ortopedia y nos dieron un turno para el jueves siguiente. Organizamos el viaje para llegar por la mañana, hacerle el molde y volvernos el mismo día. La doctora también nos recetó sesiones de kinesiología dos veces por semana para estimulación temprana, ya que a algunos bebés el uso del casquito los retrasa en su evolución. Cartón lleno.
La toma del molde fue rápida: se hace con yeso y, a pesar de que Juani gritó como un marrano y terminamos todos salpicados de blanco, no duró mucho. El problema vino después: tuvimos que esperar unos veinte días hábiles para que fabricaran el casquito y poder volver a retirarlo. Durante ese tiempo nos turnamos entre familiares para tenerlo a upa la mayor parte del día sin que apoyara la parte de atrás de la cabeza, incluso cuando dormía la siesta. De esa época recuerdo, con una sonrisa, las tardes de leer novelas con Juani dormido sobre mi vientre.
Pero también la mortificación de no haberme dado cuenta antes: si hubiera detectado el problema a los dos meses en lugar de a los cuatro, podríamos haberlo solucionado modificando la posición en la que dormía, teniéndolo más tiempo alzado o con ejercicios para el cuello. ¿Qué hice durante esos primeros meses? ¿No lo acaricié lo suficiente? Para el segundo viaje, desde la ortopedia nos recomendaron quedarnos unos días para que Juani probara el casco: ver si le quedaban marcas donde tenían que quedar, si se le iban en el tiempo esperado y si era necesario algún ajuste en el casco (recortarlo o comerle material por dentro). “Nos vamos a buscar tu casquito de superhéroe”, recuerdo que le dije. Por suerte, Juani lo aceptó sin problema y lo estuvo usando cada día de la prueba unas diez horas.
La decisión de seguir el tratamiento pareció correcta cuando, luego de sacárselo el segundo día de uso, notamos asombrados que su cabecita empezaba a remodelarse. Usó el casco con constancia casi cuatro meses. Se despertaba a la mañana y se lo poníamos. A veces se lo sacábamos para que descansara un poco y se lo volvíamos a poner hasta la noche. Si se dormía antes que nosotros, se lo dejábamos puesto un poco más. Siempre que se lo sacábamos tenía la cabeza empapada de sudor. Por suerte nunca le dañó la piel: eso nos hubiera obligado a suspender el tratamiento.
En el párrafo anterior estoy simplificando un período en el que el casquito y sus ramificaciones fueron nuestra mayor ocupación (y preocupación). Ponérselo era la parte más difícil, no le gustaba para nada, así que yo tenía que sostener al bebé, que se transformaba en potrillo, mientras Cecilia se lo colocaba con paciencia y pericia. Las dos visitas semanales al kinesiólogo nos cortaban la jornada laboral y, en conjunto, la semana. Y para más inri, a mitad de noviembre, es decir, cuando llevaba dos meses de uso, el casco le quedó chico y tuvimos que decidir si nos conformábamos con lo alcanzado hasta el momento o le hacíamos un segundo casquito. Nuevamente, llamar a la ortopedia desde el consultorio de la neurocirujana para no perder tiempo. Si se iba a demorar un mes como el primero, no nos servía. Puestas las cartas sobre la mesa, solo restaba esperar.
Volvimos a viajar para tomar el nuevo molde, esta vez más preparados, y aprovechamos para quedarnos unos días de paseo en la ciudad. A la semana siguiente, yo tenía que volver por trabajo, así que le pedí a la ortopedia que me avisaran apenas llegara el casco, que lo buscaría. Pero tiene que venir el bebé a probarlo, me retrucaron. No importa, les dije, si no le queda bien, lo traigo, pero yo voy a estar acá. Dicho y hecho, el día anterior a mi regreso me avisaron que el casquito había llegado. Atravesé la ciudad en taxi ida y vuelta y me volví contento por la oportunidad de ahorrarle un viaje al bebé. Enseguida lo llevamos a la neurocirujana. Se lo probó y le quedaba perfecto. Ahora debía intentar usarlo dos meses más, durante diciembre y enero, es decir, durante el caluroso verano santafesino.
El último control con la neurocirujana fue el 15 de enero. Confirmó que el casquito había cumplido su objetivo: ya no tenía asimetrías, la cabeza se había reformado en un 90% y seguiría creciendo con la forma adquirida.
Creo que nuestras peripecias hubieran sido más sencillas si hubiéramos sabido de este potencial problema. Nunca lo habíamos oído, e imagino que no somos los únicos. Por eso lo comparto.
